Manel Molí i Torrelles nació en La Portella (Lérida) en 1936 y se trasladó a Tarrasa a los 13 años, ciudad con la que mantuvo un vínculo profundo. Sin formación artística formal, trabajó inicialmente como cerrajero, mientras dedicaba su tiempo libre al dibujo. A finales de los años cincuenta comenzó a exponer en Tarrasa, y en 1971 la galería Adrià de Barcelona le compró toda la obra y le organizó una exposición en Sitges que marcó el inicio de su dedicación plena a la pintura.
Artista de carácter reservado, trabajaba intensamente entre semana y solía pasar los fines de semana rodeado de naturaleza en Salo, un entorno que impregnó muchas de sus obras. Su pintura, cargada de simbolismo, denuncia social y un imaginario muy personal, oscilaba entre lo onírico, lo grotesco y la expresión crítica. Influido por El Bosco y Joan Ponç, Molí desarrolló una iconografía única, con escenas satíricas y figuras deformadas que evocaban mundos en descomposición.
Durante dos décadas tuvo una fuerte presencia en Alemania a través de la galería Buchholz de Múnich. En 2016, año de su muerte, Tarrasa le dedicó una exposición retrospectiva que reivindicaba su singularidad como uno de los artistas más potentes e ignorados del panorama catalán contemporáneo.